El bullicio de la terminal aérea se desvanecía en segundo plano mientras el letrero brillante con la palabra "PARÍS"presidía el ambiente de tensión. La señora mayor, con los ojos anegados en un dolor profundo e inmerecido, miraba fijamente a su hijo, quien se disponía a abordar junto a su pareja sin mostrar la menor empatía.

—¿De verdad no puedes ir con ustedes? ¡Buen viaje para nosotros! —había reprochado ella con la voz quebrada momentos antes, recibiendo por toda respuesta una fría indiferencia y la orden tajante de quedarse en casa a cuidar de los gatos.

Con paso firme pero el alma rota, el joven y su acompañante se alejaron por el pasillo hasta llegar al mostrador de la aerolínea para realizar los trámites de embarque. Sola, de pie junto a su maleta, la madre sacó el teléfono celular con manos temblorosas y marcó un número con absoluta determinación.

—Cancélale las dos reservas de París que pagué —ordenó al teléfono con voz gélida y autoritaria.

Al otro lado de la línea, la respuesta fue inmediata. A pocos metros de distancia, la empleada del mostrador miró la pantalla y le informó al joven que los boletos habían quedado anulados. Antes de que ambos pudieran reaccionar desconcertados, la señora avanzó por el pasillo, deteniéndose frente a ellos con una seguridad renovada.

—París te me quedará en casa. Esta vez, págalo tú —sentenció la madre, dejándolos boquiabiertos y paralizados en medio del aeropuerto.

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