La habitación estaba envuelta en un silencio denso y tenso. La suave luz de la lámpara de noche iluminaba apenas el rostro descompuesto de Elena, quien yacía encogida sobre la cama, aferrándose a una cobija azul con nudillos blancos y manos temblorosas marcadas por visibles moretones.

El general, vistiendo su impecable uniforme militar repleto de condecoraciones, se inclinó ligeramente hacia ella con una mirada cargada de severidad y profunda preocupación.

—Elena, ¿quién te hizo esto? —preguntó el general con voz firme y autoritaria, exigiendo una respuesta que no admitía evasivas.

Antes de que la joven pudiera pronunciar palabra, un hombre de camisa gris intentó intervenir, colocándole una mano en el hombro al oficial con evidente nerviosismo.

—General, déjeme explicarlo… —balbuceó el hombre.

El militar se apartó de inmediato, lanzándole una mirada fulminante que lo detuvo en seco.

—No te pregunté a ti. Le pregunté a mi hija —sentenció el general con tono gélido, volviendo su atención completa hacia Elena.

Con lágrimas resbalando por sus mejillas y la voz entrecortada, Elena levantó la vista lentamente, encontrándose con los ojos de su padre. Al descender la mirada, la tela de su bata se deslizó ligeramente, revelando un profundo hematoma en su costado que confirmaba la agresión.

—Elena, mírame. Solo dime la verdad —insistió el general, mientras la tensión en la estancia alcanzaba un punto de quiebre insostenible.

El hombre de camisa gris intentó interrumpir de nuevo, murmurando que no hiciera eso, pero el peso de la verdad ya era inevitable. Con un hilo de voz, venciendo el miedo que la paralizaba, Elena finalmente confesó:

—Fue Rafael… —susurró, mientras el rostro del general endurecía sus facciones al instante—. Llama a la policía.

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