
El ambiente en el lujoso recibidor de la mansión era denso y helado. Los destellos de luz de la gran lámpara de cristal se reflejaban en el rostro de los tres jóvenes, quienes observaban con una fría e impaciente satisfacción cómo el patriarca de la familia terminaba de acomodar sus últimas pertenencias en una bolsa de viaje de cuero.
—Es lo mejor para todos —afirmó uno de ellos con tono displicente, intentando justificar el destierro del anciano bajo la cínica promesa de que estaría bien atendido en una residencia especializada.
El hombre de cabello blanco y barba entrecana cerró la bolsa con un movimiento seco. Se incorporó con la dignidad intacta, empuñando el equipaje, y comenzó a caminar hacia la salida por el pasillo flanqueado por columnas de mármol.
—Papá, no te preocupes, hay algo que olvidaste —le interrumpió uno de los jóvenes con una sonrisa fingida, deteniéndolo a pocos pasos de la puerta.— El coche ya está esperando.
El anciano se detuvo en seco. Giró lentamente sobre sus talones, encarando a sus propios hijos y a la mujer con una mirada penetrante y severa que borró de golpe cualquier atisbo de triunfo en sus rostros.
—Nunca se la entregué a ninguno de ustedes —sentenció el padre con voz firme y profunda.
Un silencio absoluto se apoderó del lugar. Los jóvenes lo miraron desconcertados, con los ojos abiertos de par en par al no comprender el significado de sus palabras.
—¿Qué? —logró balbucear la mujer, cruzándose de brazos con un nerviosismo repentino.
—Si quieren mandarme lejos para quedarse con ella, serán ustedes quienes tendrán que marcharse —concluyó el patriarca, dejando caer una verdad inapelable que puso el destino de la fortuna y de la mansión por completo de cabeza