
La atmósfera en el jardín iluminado por guirnaldas de luces era idílica. Los recién casados, radiantes frente a un imponente pastel de bodas de varios pisos, sostenían juntos el cuchillo ceremonial. De repente, la sonrisa de la novia se desvaneció, sus ojos se cerraron con fuerza y las lágrimas comenzaron a brotar sobre su rostro.
En un segundo, la ilusión se convirtió en pesadilla cuando un chorro de líquido frío cayó estrepitosamente sobre su cabeza, empapando su velo y su vestido blanco.
—¡Traidora! —gritó con furia desatada una mujer vestida con un elegante traje rojo, quien acababa de vaciar el contenido sobre la novia.
Los invitados en las mesas contiguas se pusieron de pie de inmediato, conteniendo la respiración y mirando la escena con rostros de absoluta incredulidad. La novia, con el corazón roto y calada hasta los huesos, miraba al novio en busca de respuestas, mientras él se mantenía a su lado con una expresión de desconcierto.
De pronto, la mujer del vestido rojo se giró para encarar directamente al novio, cruzando con él una mirada intensa y cargada de reproche. El joven, con los ojos oscurecidos por la tensión, la interrogó con voz dura y amenazante:
—¿Por qué usaste mi llave para entrar en nuestro paso?
La mujer del vestido rojo abrió los ojos de par en par, paralizada ante el descubrimiento.