La noche cubría la ciudad con un manto de luces titilantes cuando la puerta trasera de un lujoso vehículo se abrió lentamente. En el asiento de cuero, profundamente dormida y vistiendo un uniforme azul de enfermera, descansaba una joven exhausta tras una larga jornada laboral.

Un hombre de elegante traje negro, cabello entrecano y una expresión de severidad se detuvo en el umbral del automóvil, observando con detenimiento el interior. Al percatarse de la situación, su rostro endureció aún más sus facciones.

—Se equivocó de auto, jefe, pensó que era su Uber —murmuró alguien cerca, mientras el hombre se inclinaba para mirar con más atención la tarjeta de identificación que colgaba del uniforme de la muchacha.

En su mente, leyó con claridad el nombre impreso: Camila Torres, la enfermera de Valentina.

Un suspiro pesado y frustrado escapó de sus labios mientras se llevaban una mano a la frente, intentando procesar el error. De inmediato, recuperó la compostura y dio instrucciones firmes al chófer:

—Arranca, la llevamos a su casa. Y no toques la bocina ni frenes fuerte. Despiértala y te busco otro trabajo. Duerme, ya casi llegas a tu casa.

Con delicadeza, el hombre se quitó su propio abrigo oscuro y lo colocó sobre los hombros de la enfermera para protegerla del frío nocturno. Tras cerrar la puerta con sigilo, dio la orden final y el vehículo negro despegó a toda velocidad por la avenida, perdiéndose entre el tráfico de la gran ciudad.

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