
El brillo de la exclusiva tienda de alta costura se empañó de inmediato cuando un hombre con un impecable traje negro y corbata se interpuso entre el maniquí y una joven de cabello largo y oscuro, que vestía una sencilla playera blanca y jeans.
—No toques ese vestido. Solo quería verlo de cerca —suplicó la joven con los ojos anegados en lágrimas.
El hombre la miró con desdén, cruzándose de brazos y marcando una distancia despectiva.
—Ese vestido no es para gente como usted —le soltó con frialdad.
Con la voz quebrada y el corazón en la mano, la muchacha intentó justificarse:
—Yo… solo quería tocarlo.
En ese momento, otro hombre con un elegante traje azul marino se acercó con paso firme para intervenir en la discusión, mirando al empleado con autoridad.
—Ella puede tocarlo —ordenó el hombre de azul, deteniéndose junto a ellos.
El empleado, visiblemente contrariado, intentó objetar señalando la prenda de gala:
—Señor, es una pieza exclusiva…
—Lo sé, fue diseñado para ella —respondió el hombre de azul con una serenidad imponente.
La joven, desconcertada y con el llanto a flor de piel, lo miró con incredulidad y preguntó en un susurro:
—¿Para mí?
El hombre de traje azul se inclinó ligeramente hacia ella con una mirada llena de profunda ternura y añoranza, mientras una mano temblorosa de la joven se posaba finalmente sobre la suave seda roja:
—Tu madre lo dejó antes de morir.