
La tarde caía sobre la avenida cuando un oficial de policía de uniforme azul se inclinó con seriedad hacia la ventanilla de un automóvil gris. Con una fotografía en la mano, miró fijamente a la mujer que conducía y le dijo con firmeza:
—Disculpe, señora. Estamos buscando a esta joven, ¿la ha visto?
La mujer al volante mantuvo una sonrisa extraña, casi desafiante, mientras respondía con total aparente tranquilidad:
—No, oficial, nunca la he visto.
El policía, con el ceño fruncido y una sospecha latente, la examinó con desconfianza antes de preguntar:
—¿Está segura? ¿Hay algún problema?
—Solo unas preguntas… curioso. —¿Qué cosa? —replicó la conductora sin perder la calma.
De repente, la escena cambió a una oscuridad absoluta. En un sótano lúgubre, una joven atada de pies y manos con cuerdas gruesas y con la boca firmemente sellada con cinta adhesiva gris, miraba hacia arriba con los ojos inundados de lágrimas y terror.
De vuelta en el auto, la tensión se cortaba con un cuchillo. El oficial, con la mirada fija en la fotografía y luego en el rostro de la conductora, dio una orden terminante:
—Señora, por favor, salga del vehículo. —¿Por qué? —preguntó ella, manteniendo su sonrisa simulada. —Abra el maletero.