El Velo del Casco de Hierro

La gran catedral real guardaba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el parpadeo de las velas y la tensión sofocante que se respiraba en el aire. El rey, con la corona dorada firmemente asentada sobre su cabeza y envuelto en su imponente manto de terciopelo, sostenía de la mano a la novia ante la atenta mirada de la corte.

—Nadie en este reino debe ver su verdadero rostro —sentenció el monarca con voz autoritaria, justificando la extraña y opresiva tradición.

Desde un costado, un joven noble observaba la escena con evidente indignación, sin poder contener el peso de la injusticia y atreviéndose a murmurar que una princesa jamás debería vivir como prisionera.

—Este casco protege al reino de su vergüenza —replicó el rey con furia, reafirmando su férreo mandato antes de dar un paso al frente y desabrochar con brusquedad las correas de hierro.

Con un movimiento seco, el rey arrancó el pesado casco metálico y lo dejó caer al suelo de piedra con un estruendo metálico que resonó en todo el recinto. La luz de las antorchas iluminó de inmediato el rostro de la joven, revelando una belleza deslumbrante, aunque con los ojos anegados en lágrimas de frustración y dolor.

Un suspiro colectivo recorrió los bancos de la catedral. El joven noble, con la mirada fija en ella, comprendió la verdad oculta tras el metal.

—La única vergüenza aquí fue esconder su luz —declaró el rey, cambiando radicalmente su semblante al contemplar la radiante presencia que había intentado silenciar en vano.

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