El verdadero dueño de casa

El eco de los pasos decididos resonó en todo el vestíbulo de la mansión cuando las grandes puertas de madera se abrieron de par en par. Un hombre de traje azul marino y corbata entró con paso firme, sosteniendo una carpeta de documentos bajo el brazo, interrumpiendo de golpe la escena de humillación.

¿Qué está pasando aquí? —exigió saber el recién llegado con voz firme y autoritaria, observando a la joven arrodillada junto a la maleta.

La mujer de traje negro, con una sonrisa cínica pintada en los labios, se adelantó de inmediato para tomar el control de la situación.

Lucía se marcha —respondió ella con total soberbia, mientras el hombre de traje gris miraba a la joven con desprecio—. Esta casa y todo lo demás nos pertenece ahora.

El hombre de traje azul soltó una ligera sonrisa irónica, abrió la carpeta y comenzó a ojear los papeles oficiales con total tranquilidad.

Te equivocas profundamente —replicó él levantando la mirada hacia la mujer de negro—. Su padre cambió el testamento antes de morir. La mansión no fue dejada a ustedes.

El rostro del hombre de traje gris palideció al instante, mientras la mujer de negro fruncía el ceño con desconcierto e incredulidad.

¿Qué? ¿A mí? —preguntó ella con la voz temblorosa, sintiendo que el suelo se le emparejaba.

Así es —sentenció el abogado con absoluta seguridad mientras señalaba firmemente a Lucía, quien se ponía de pie con los ojos inundados de lágrimas, comprendiendo que el juego sucio de sus tiranos había llegado a su fin.

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