
El sol de la tarde iluminaba los impecables jardines de la mansión mientras el señor Gustavo caminaba apresurado hacia su vehículo, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono móvil. Antes de que pudiera abrir la puerta del coche negro, una niña con una camisa blanca se acercó corriendo para interceptarlo con evidente urgencia.
—¡Señor Gustavo, espera! —exclamó la pequeña, tirando levemente de su manga.
Gustavo detuvo su marcha, frunciendo el ceño con ligera impaciencia, y preguntó:
—¿Qué pasa?
Sin darle tiempo a responder, la niña le mostró la pantalla de su propio teléfono celular, señalando una fotografía recién tomada en la que se distinguía claramente el automóvil aparcado junto a una gran maceta con flores rojas.
—Antes de irse… mire esto —advirtió la pequeña con tono misterioso.
En ese exacto momento, el teléfono de Gustavo comenzó a sonar con una llamada entrante identificada en la pantalla como "Esposa". Con el ceño aún más fruncido y un mal presentimiento creciendo en su interior, deslizó el dedo para responder:
—¿Sí? —contestó con voz seca.
Del otro lado de la línea, la voz de su esposa sonó calmada pero directa:
—¿Ya saliste para el aeropuerto?
Gustavo, mirando de reojo el entorno y la fotografía que la niña le acababa de revelar, respondió con cautela:
—Aún no.
Unos metros más allá, la puerta de cristal del invernadero se abrió para revelar una escena devastadora: su esposa se encontraba abrazando y besando apasionadamente a otro hombre, mientras el chófer y la niña observaban la traición en silencio.