
El viento helado soplaba con fuerza sobre el tejado cubierto de nieve, donde una anciana, arropada con un mantón oscuro, encajaba estacas de madera con precisión mientras sostenía una escalera. Abajo, un grupo de aldeanos congregados observaba la escena con desconcierto e inquietud. Un hombre barbado, con gorra y bufanda, no pudo contener la duda y gritó hacia lo alto:
—¿Qué está haciendo ahí arriba?
La anciana detuvo sus labores por un instante y, con una mirada profunda y cansada, respondió desde el techo:
—Terminando lo que empecé antes del invierno.
Intrigado por la extraña labor, el hombre se acercó para examinar de cerca una de las estacas que sobresalían en la nieve. En ella se distinguió un símbolo cuidadosamente trazado con líneas cruzadas. Con la preocupación reflejada en el rostro, preguntó directamente:
—¿Y qué significa ese símbolo?
La anciana lo miró fijamente antes de replicar con tono enigmático:
—Todavía no necesitas saberlo.
A su alrededor, el tejado comenzó a poblarse de decenas de estacas idénticas, cada una clavada firmemente en la capa blanca que cubría la madera y la piedra de la cabaña, mientras el bosque nevado del fondo aguardaba en silencio el desarrollo de aquel misterio.