
El sol de la tarde comenzaba a ocultarse tras el horizonte polvoriento, proyectando una luz cálida y dorada sobre la modesta fachada de bloques de cemento. La joven sostenía con nerviosismo el llavero metálico entre sus manos, dándole vueltas una y otra vez mientras sentía la mirada intensa y fija del hombre que tenía enfrente.
Él, impecablemente vestido con un traje negro y una camisa blanca de cuello abierto, dio un paso más hacia ella con una expresión de genuina serenidad. Al notar la inseguridad reflejada en los ojos húmedos de la muchacha, extendió una mano con suavidad y posó su palma sobre el hombro de ella, transmitiéndole una calma inmediata.
—No tienes que disculparte por nada —dijo él con voz firme, buscando su mirada con ternura—, ni avergonzarte de las paredes que te resguardan. Lo que siento por ti es real, y no depende de los lujos ni de los metros cuadrados que te rodeen.
Una lágrima solitaria escapó de los ojos de la joven, pero esta vez fue acompañada por una sonrisa tímida y sincera que iluminó su rostro. Al comprender que su humildad no era un obstáculo para el afecto sincero de quien tenía enfrente, respiró hondo, dio un paso al frente y giró la llave en la cerradura de madera.
—Entonces… bienvenido a casa —murmuró ella con la voz entrecortada por la emoción, abriendo la puerta para dejarlo entrar a su refugio.