
El eco de los pasos sobre la acera de la gran ciudad pareció detenerse por un instante cuando el escolta extendió el brazo con firmeza para apartar al muchacho. El chico, que apenas sostenía una pequeña caja de madera llena de bolsitas con dulces, retrocedió un paso con cautela, mientras la mujer de vestido negro y gafas oscuras observaba la escena con fría distancia.
—¡Cuidado! Aléjate de la señora, solo intentaba avisarle —intervino el guardaespaldas con tono áspero y autoritario.
Antes de que la tensión pudiera escalar, la mujer levantó una mano para frenar a su empleado.
—Bruno, basta. Él me estaba avisando. ¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella, ladeando ligeramente el rostro y clavando sus ojos en el joven.
El muchacho tragó saliva, pero mantuvo la compostura con una mezcla de timidez y respeto.
—Te vi a ti antes que al auto… venía cruzando muy rápido y quería asegurarme de que estuvieras bien —respondió con sinceridad, esbozando una sonrisa ligera.
La elegancia y la dureza del semblante de la mujer parecieron desmoronarse lentamente. Con un movimiento pausado, se quitó las gafas de sol, revelando una mirada penetrante pero sorprendida por la genuina nobleza del chico.
—¿Cómo te llamas? —inquirió con una suavidad inusual en su voz.
—Mateo —contestó él con orgullo, sosteniendo la caja de dulces con firmeza.
Un destello de calidez iluminó el rostro de la mujer, quien le regaló una sonrisa sincera antes de responder:
—Gracias, Mateo. No fue nada.