
Bajo la imponente luz de la lámpara de cristal, la tensión en el salón de la mansión era insostenible. Una mujer elegante con vestido claro gritaba furiosa contra una empleada de servicio vestida de blanco y negro, quien la miraba con una expresión de profunda frialdad y determinación.
De repente, la confrontación escaló a la violencia cuando la mujer de alta sociedad, fuera de sí, arrojó con fuerza la bandeja de plata y cristal. El estruendo resonó en todo el vestíbulo mientras ella caía al suelo. Con una calma aterradora, la empleada se arrodilló lentamente y comenzó a ajustarse los guantes negros.
—¿Ves esto? Es circunita de mierda, igual que tu apellido. El diamante de verdad lo guardo yo. Lo llevó mi abuela hasta el día que tus socios quemaron su taller en La Habana. Mi hermano grabó todo en tu despacho… La fiscalía llega en diez minutos. Disfruta el champán, reina.
Con una sonrisa triunfante, la empleada se puso de pie, se acomodó el delantal y dio media vuelta. Mientras los invitados en la entrada observaban estupefactos, ella caminó con paso firme hacia la salida, dejando atrás a una mujer derrotada y a un imperio a punto de derrumbarse.