La Alerta al Amanecer

Los primeros rayos del sol apenas comenzaban a teñir el horizonte de un tono cobrizo cuando el aire en el establo se tornó pesado y gélido. Junto a las pesadas puertas de madera, una joven jinete sostenía con firmeza las riendas de un imponente caballo negro. El animal, visiblemente alterado, resoplaba con fuerza, golpeando el suelo adoquinado con sus cascos mientras sus orejas se movían con nerviosismo.

—Algo la tiene así desde que salió el sol. Nunca había visto temblar así —exclamó la joven con la respiración agitada, mirando de reojo al majestuoso corcel.

A su lado, un hombre mayor, curtido por los años de faena en el campo y cubierto con un sombrero vaquero, observaba la escena con profunda cautela. La tensión en el ambiente era palpable, y el silencio de la madrugada solo era roto por los inquietos movimientos del animal.

—¿Qué es, mami? ¿Qué escuchas? —preguntó la joven, acercándose con desconcierto y temor hacia el hocico del equino que parecía intentar advertirles de algo invisible.

Voces en el Viento

El hombre mayor entornó los ojos, endureciendo el gesto de su rostro marcado por las arrugas, y con voz ronca respondió:

—Esa yegua oye cosas que nosotros no… cosas que no deberían estar ahí.

El animal dio un nuevo respingo, encabritándose levemente mientras levantaba una nube de polvo bajo la luz del alba. Lejos de retroceder, la determinación brilló en los ojos de la joven, quien tomó una decisión tajante ante la incertidumbre.

—Voy a salir con ella… a ver qué encuentra.

El hombre la miró fijamente, evaluando el peligro que acechaba más allá de los linderos de la propiedad, y con la misma firmeza replicó:

—Entonces voy yo también. No me gusta dónde apuntas esa nariz.

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