
El bullicio de la concurrida avenida urbana contrastaba con la tensión que de repente se apoderó de la acera. Una elegante mujer con gabardina beige y gafas de sol caminaba firmemente de la mano de su pequeño hijo, ambos vestidos de traje impecable, escoltados por guardaespaldas.
De pronto, el niño se detuvo en seco, tirando suavemente de la mano de su madre mientras señalaba hacia un poste de luz.
—Mamá… Mira ese niño.
Sentado en el suelo, apoyado contra la fría estructura metálica, se encontraba un niño desaliñado, vistiendo una sudadera con capucha gris rota y cubierta de polvo, con las rodillas raspadas y sucias. La mujer, con tono de genuina preocupación, se inclinó ligeramente hacia él y le preguntó:
—¿Estás solo?
El pequeño, con una mirada triste y profunda, levantó unas manos temblorosas y sucias que sostenían con fuerza un objeto metálico.
—Solo tengo esto… —respondió con un hilo de voz.
Al abrir con torpeza el pequeño objeto, reveló un antiguo reloj de bolsillo dorado. En su interior, protegida por el cristal, una fotografía en blanco y negro mostraba a dos bebés recién nacidos durmiendo plácidamente.
El niño de traje y su madre se acercaron con curiosidad para mirar de cerca. El pequeño frunció el ceño y preguntó con inocencia:
—¿Por qué hay dos bebés?
En ese preciso instante, la mujer del abrigo beige contuvo la respiración. Sus labios temblaron, las lágrimas comenzaron a brotar incontenibles por debajo de sus gafas oscuras y se llevó la mano a la boca en un gesto de absoluta desesperación.
—¡Ese… ese medallón! Yo lo puse en la cuna de mis hijos —balbuceó la madre con el corazón destrozado, incapaz de creer lo que veían sus ojos.
El niño de la calle la miró con desconcierto y preguntó con timidez:
—¿Sus hijos?
—Yo perdí a uno de mis bebés hace años… —confesó la mujer con la voz rota por el llanto, arrodillándose lentamente sobre el pavimento frente a él.
El pequeño, con los ojos abiertos de par en par al procesar las palabras, unió las piezas en su mente y preguntó con una esperanza infinita reflejada en el rostro:
—Entonces… ¿yo tenía una madre?