El Retrato de la Memoria

El auditorio de la escuela resonaba con las risas burlonas de los niños. Dos de sus compañeros se burlaban sin piedad del dibujo que sostenía entre las manos, señalándolo con desprecio mientras a su alrededor los demás mostraban coloridas pinturas sobre caballetes.

—Eso es todo? Ni siquiera tiene colores —se burló uno de los niños con crueldad.

El pequeño, con los ojos anegados en lágrimas y la voz quebrada por la tristeza, miraba el papel con humildad.

—No tenía pinturas… Solo quería dibujar a mi mamá —explicó con el corazón destrozado.

Minutos más tarde, en una mesa directiva, una mujer mostraba el dibujo a un hombre de cabello canoso y traje formal. Al contemplar los trazos a lápiz que mostraban a una mujer de rodillas limpiando el suelo, el rostro del hombre cambió por completo; la incredulidad y el impacto se apoderaron de sus facciones.

—Ese collar… Yo se lo di a mi hija —murmuró el hombre con la voz temblorosa, señalando con el dedo un pequeño detalle en el dibujo.

El niño, con la mirada fija en el suelo y las lágrimas aún frescas en las mejillas, escuchó las palabras de los otros niños que intentaban explicarse:

—Mi mamá dijo que lo guarda porque un día su padre volvería… —añadió el pequeño con profunda inocencia.

Al escuchar esto, el anciano llevó una mano temblorosa a sus labios, con los ojos inundados de lágrimas al comprender la desgarradora verdad que escondía aquel humilde dibujo en blanco y negro.

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