
El estruendo de la bandeja metálica al golpear contra el suelo resonó en cada rincón del comedor, rompiendo por completo la tensa calma que se respiraba en el lugar. Los internos cercanos observaban la escena con una mezcla de morbo y expectativa, acostumbrados a presenciar cómo los veteranos quebrantaban el espíritu de cada recién llegado.
—Recógelo. No quiero problemas —espetó el recluso corpulento con una sonrisa burlona y confiada, creyendo que su posición de poder dentro del pabellón era indiscutible.
Sin embargo, la reacción del novato estuvo lejos de ser la de alguien intimidado. Con una tranquilidad pasmosa que desconcertó a sus atacantes, el joven se puso de pie lentamente, miró fijamente a los ojos a su intimidante agresor y le soltó con voz firme:
—Ahora tienes uno.
En cuestión de segundos, la situación dio un vuelco total. Con una agilidad felina y movimientos calculados que delataban un entrenamiento muy superior al de un delincuente común, el nuevo recluso se deslizó a la espalda del gigante tatuado. Le aplicó una llave de inmovilización perfecta, bloqueando sus brazos y cerrando la presión alrededor de su cuello con una precisión quirúrgica.
El rostro del veterano, que segundos antes irradiaba soberbia y burla, se transformó de inmediato en una mueca de terror puro y absoluto asombro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras sentía cómo el control de la situación se le escapaba por completo, incapaz de zafarse del férreo agarre.
Los murmullos en el comedor cesaron de golpe. Nadie se atrevía a respirar. Con el gigante completamente dominado bajo su control, el protagonista inclinó ligeramente el rostro hacia su oído y remató con un susurro helado y letal:
—Te dije que no quería problemas.