
Ante la mirada de confusión del joven, uno de sus compañeros palideció de golpe y señaló con un dedo tembloroso un cuadro antiguo colgado en la pared de concreto, medio oculto tras las pesas.
En la fotografía enmarcada aparecía un hombre de físico imponente, musculatura perfecta y cabello plateado, flexionando los brazos con la gloria de un verdadero campeón mundial de culturismo. Era el mismo anciano que ahora sostenía la escoba.
El joven musculoso se quedó helado, con la sonrisa borrada de golpe al desviar la mirada del cuadro al rostro del anciano.
La lección del maestro
El anciano dejó descansar el palo de la escoba contra el muro, se ató mejor el cinturón de tela y clavó sus ojos serenos en el muchacho que temblaba de asombro.
"Antes de que tú levantaras tu primera pesa, muchacho… yo ya formaba campeones", sentenció el veterano con una voz firme que silenció por completo el gimnasio.
La arrogancia del gigante se desvaneció en segundos, comprendiendo que el verdadero poder no reside en los músculos visibles, sino en la sabiduría y la historia de quien ya ha recorrido el camino.