La Banda Rodeó al Recluso Recién Llegado Sin Imaginar Por Qué Lo Habían Enviado Allí

El sonido metálico de la puerta principal al cerrarse resonó con fuerza en el bloque de máxima seguridad de la prisión de Apodaca. Las miradas de los veteranos se clavaron de inmediato en el recién llegado. Era un hombre delgado, de unos treinta años, con la mirada fija en el suelo y una mochila gastada como única pertenencia.

Para los líderes de la pandilla que controlaba el patio, la llegada de un nuevo recluso siempre significaba lo mismo: una oportunidad para intimidar, extorsionar o demostrar poder.

Miren nada más lo que trajo el camión— dijo el "Tiburón", el líder del grupo, mientras se acercaba lentamente con una sonrisa burlona, flanqueado por otros cuatro internos—. ¿Te perdiste de camino a tu casa, nene? Aquí los nuevos pagan peaje.

El recién llegado, cuyo expediente oficial apenas indicaba el nombre de Mateo, levantó la vista lentamente. No había terror en sus ojos, ni siquiera la furia contenida que solían mostrar los novatos antes de quebrarse. Había una calma inquietante.

No creo que quieran hacer eso— respondió Mateo con una voz sorprendentemente serena y baja.

La respuesta desató las risas de toda la pandilla. El Tiburón dio un paso más al frente, encarándolo a pocos centímetros, y estiró la mano para arrebatarle la mochila.

Aquí nadie da órdenes más que nosotros, imbécil. Abre esa maldita mochila o te vamos a enseñar a las malas…

En ese preciso instante, antes de que el Tiburón pudiera tocar la lona de la mochila, la sirena principal del penal comenzó a aullar. No era el sonido rutinario del cambio de turno; era la alarma general de emergencia.

Por los altavoces, una voz metálica y urgente interrumpió cualquier intento de agresión:

«Atención a todo el personal y bloques de seguridad. Protocolo de aislamiento total activado. Repito: el interno Mateo Vargas ha ingresado al sistema. Orden directa del director federal: nadie se le acerque. Cero contacto. Aislen el sector inmediatamente».

El patio entero quedó sepultado en un silencio absoluto. El Tiburón congeló la mano en el aire. Los demás pandileros se miraron entre sí, desconcertados y de repente pálidos.

Mateo suspiró con pesadez, se acomodó la correa de la mochila y miró al líder de la pandilla, que ahora retrocedía un paso involuntariamente.

Les dije que no querían hacerlo— murmuró Mateo con una frialdad glacial—. No me trajeron aquí para cumplir condena por robar un banco, ni por narcotráfico. Me encerraron aquí porque hace tres días descubrí cómo hackear el sistema central de comunicaciones del país… y el servidor principal de la red de prisiones está conectado a esta misma red local. Si ustedes me tocan un solo pelo, con este dispositivo en mi mochila puedo abrir las puertas de todas las celdas de máxima seguridad de este país antes de que cuenten hasta diez.

El Tiburón bajó lentamente la mano. Sus ojos, que segundos antes desbordaban arrogancia, ahora reflejaban un terror absoluto al comprender por fin por qué las autoridades no habían querido meter a Mateo en una celda común, sino que lo habían arrojado directamente a la boca del lobo, con la estúpida esperanza de que los propios reclusos hicieran el trabajo sucio… sin saber que el cordero era, en realidad, quien sostenía el detonador de toda la prisión.

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