ESTO YA SE SALIÓ DE CONTROL! 

Mateo siempre corría. Su vida se medía en pasos acelerados, correos electrónicos respondidos en el ascensor y llamadas telefónicas que se superponían unas a otras. Para él, el tiempo era un enemigo implacable al que debía vencer cada día, una cifra en la pantalla que parpadeaba recordándole todo lo que tenía pendiente.

Una tarde de lluvia, buscando refugio en un callejón olvidado del distrito financiero, se topó con una pequeña tienda de antigüedades. El letrero de madera, desgastado por los años, decía simplemente: Relojería Chronos. Atraído por una extraña mezcla de curiosidad y la necesidad de esperar a que pasara la tormenta, decidió entrar.

El ambiente dentro de la tienda olía a madera vieja, aceite de linaza y un tic-tac constante que parecía latir al unísono, como el corazón de un gigante invisible. Detrás del mostrador, un anciano de sienes plateadas y gafas de media luna desarmaba un intrincado mecanismo con la precisión de un cirujano.

—Buenas tardes —dijo Mateo, mirando su reloj de pulsera por pura inercia—. Solo estoy echando un vistazo mientras pasa la lluvia. Mi tiempo es un poco limitado.

El anciano levantó la vista, sonrió con una parsimonia que a Mateo le pareció casi un desafío y dejó sus herramientas sobre la mesa.

—El tiempo de todos es limitado, joven —respondió el viejo con una voz suave—. La verdadera diferencia radica en qué hacemos con los minutos que el dinero no puede comprar.

Mateo, un tanto incómodo por la profundidad del comentario, buscó en su abrigo y sacó un viejo reloj de bolsillo de plata que había heredado de su abuelo. Estaba detenido en las 11:11 desde hacía años.

—Ya que estoy aquí… ¿Podría arreglar esto? —preguntó—. He ido a varios lugares modernos, pero me dicen que el mecanismo es demasiado antiguo y que no vale la pena el costo de la reparación.

El relojero tomó la pieza entre sus manos ásperas. La acarició con un respeto casi religioso, la acercó a su oído y luego, con un leve movimiento, abrió la tapa trasera. Tras unos segundos de observación, miró a Mateo a los ojos.

—Este reloj no está roto, caballero. Solo está cansado de contar horas vacías. Su abuelo lo detuvo a propósito.

—¿A propósito? ¿Por qué alguien querría detener su propio reloj? —preguntó Mateo, incrédulo.

El anciano caminó hacia una pared cubierta por decenas de relojes de todas las formas y tamaños. Uno de ellos, sin embargo, llamó la atención de Mateo: sus manecillas se movían de forma errática; a veces se aceleraban, luego se detenían por completo y después avanzaban con una gracia infinita.

—Verá —explicó el viejo—, la mayoría de los relojes del mundo miden el tiempo cronológico: los segundos que pasan de largo sin importar si estamos realmente vivos o simplemente existiendo. Pero este de la pared es diferente. Mide los instantes. Se mueve solo cuando quien lo lleva está verdaderamente presente: cuando ríe a carcajadas, cuando contempla un paisaje sin pensar en el mañana, o cuando escucha a alguien que ama.

El relojero regresó al mostrador y le devolvió la pieza de plata a Mateo.

—Su abuelo entendió que las 11:11 de un jueves cualquiera fue el momento más importante de su vida: el minuto exacto en que nació su primera hija. Decidió que no necesitaba que este reloj siguiera contando el tiempo ordinario, porque a partir de ese segundo, él aprendió a vivir en los instantes. El reloj funciona perfectamente; solo espera a que usted decida cuándo quiere que vuelva a marchar.

Mateo miró el objeto en la palma de su mano. Por primera vez en años, guardó su teléfono inteligente en el bolsillo sin revisar las notificaciones. El silencio de la tienda ya no le parecía una pérdida de tiempo, sino un espacio sagrado.

—¿Cuánto le debo por el diagnóstico? —preguntó el joven, sintiendo que el peso en sus hombros disminuía.

—Nada —dijo el anciano, regresando a su lupa y a sus engranajes—. Solo le pido que, cuando salga de aquí, camine un poco más despacio. No vaya a ser que se pierda el próximo instante.

Mateo salió al callejón. La lluvia había cesado y el sol de la tarde se filtraba entre los rascacielos, tiñendo el asfalto mojado de un tono dorado. Guardó el reloj de su abuelo cerca del corazón, respiró hondo y, por primera vez en su vida adulta, caminó a casa disfrutando del paisaje.

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