
Vanessa se miró en el reflejo de la carrocería de un imponente Ferrari amarillo que descansaba sobre los elevadores del taller. Llevaba un ajustado vestido rojo y tacones de aguja, un atuendo que desentonaba por completo con las paredes cubiertas de herramientas y el olor a grasa de motor. Con los brazos cruzados y una mueca de absoluto desprecio, miró a Mateo, su prometido, quien vestía un overol gris salpicado de hollín y aceite.
—No puedo creer que seas un simple mecánico sucio —reclamó ella, alzando la voz para sobrepasar el eco del taller—. Me da muchísima vergüenza casarme contigo. No quiero que mis amigas me vean aquí.
Mateo no respondió de inmediato. Limpió sus manos con un trapo viejo, manteniendo una calma que a Vanessa le pareció irritante. Había soportado sus quejas sobre el estatus social y el dinero durante meses, pero sus palabras en ese momento cruzaron una línea de no retorno.
Antes de que Mateo pudiera articular palabra, la puerta de cristal de la oficina del taller se abrió. De ella salió un hombre mayor con un impecable traje gris a la medida, portando un portafolios de cuero y una carpeta con documentos oficiales.
—Ingeniero, disculpe la interrupción —dijo el hombre, dirigiéndose respetuosamente a Mateo y dejando a Vanessa completamente desconcertada—. Pero el contrato internacional por los 10 millones de dólares ya está completamente firmado y listo para usted. Solo necesitamos su última revisión.
Vanessa sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Mateo y luego al ejecutivo del traje. Mateo no era un empleado cualquiera; era el ingeniero automotriz principal y dueño de una de las firmas de diseño de motores más cotizadas de la región, alguien que prefería trabajar con sus propias manos antes que quedarse detrás de un escritorio.
Mateo tomó la carpeta con firmeza, miró fijamente a Vanessa a los ojos y, con una voz cargada de decepción, sentenció:
—Acabas de perder tu oportunidad por interesada.
Sin esperar una respuesta, le dio la espalda para firmar los documentos del contrato, dejando a Vanessa sola en medio del taller, atrapada en la vergüenza de haber despreciado lo que tanto ambicionaba.