
El silencio en el gran comedor era espeso, interrumpido solo por las risas fingidas de Valeria y el tintineo de las copas de vino. Ella lucía su vestido verde con la arrogancia de quien se cree dueña absoluta de la mansión.
De pronto, las puertas dobles se abrieron de par en par. Alejandro entró a paso firme, pero no venía solo. Tomada de su brazo, con la frente en alto y un vestido sencillo pero digno, caminaba su madre, doña Elena.
Valeria borró la sonrisa de inmediato. Su copa quedó suspendida en el aire. — Alejandro, querido —dijo Valeria, forzando la voz—. Te dijimos que tu madre prefería estar en la cocina. No deberías incomodarla trayéndola aquí.
Alejandro no respondió. Caminó directamente hacia la cabecera de la mesa, donde Valeria estaba sentada, y golpeó suavemente la madera con la palma de la mano.
— Levántate —ordenó Alejandro con una voz fría que congeló a todos los invitados.
— ¿Qué dices? —preguntó Valeria, indignada—. Soy tu prometida, este es mi lugar.
— Este lugar le pertenece a la dueña de esta casa, mi madre —replicó él, clavando la mirada en ella—. La mujer que trabajó toda su vida para que hoy tengamos este techo. El mismo techo del que intentaste humillarla hoy.
Los invitados comenzaron a murmurar. Valeria, sintiendo las miradas de reproche y el peso de su propia mentira expuesta, se puso de pie lentamente, con las mejillas encendidas de furia y vergüenza.
Alejandro acomodó la silla con delicadeza y ayudó a doña Elena a sentarse en el lugar de honor. Luego, miró fijamente a Valeria y señaló hacia el pasillo.
— Si tanto te gusta decidir quién come en la cocina y quién no, ve a comprobarlo tú misma. Estás fuera de esta casa, Valeria. Nuestra boda se cancela.
Sin decir una palabra más, Alejandro le hizo una seña al personal de servicio para que sirvieran el plato principal, ignorando por completo los reclamos de Valeria mientras los guardias la escoltaban hacia la salida. La cena continuó, pero esta vez, con la justicia sentada a la mesa