
Don Manuel era un anciano campesino que había trabajado toda su vida bajo el sol. Los años habían doblado su espalda y llenado sus manos de cicatrices, pero lo que más le pesaba era la tristeza que llevaba en su corazón.
Una tarde, mientras caminaba por el sendero de tierra hacia su vieja casa, sintió que ya no tenía fuerzas para seguir. Se detuvo, apoyándose en su bastón, y levantó la mirada al cielo.
—Señor, ¿me has olvidado? —susurró con lágrimas en los ojos.
En ese momento, sintió una mano sobre su hombro. Al voltear, vio a un hombre vestido de blanco que lo miraba con una sonrisa llena de paz.
—No estás solo, Manuel. He caminado contigo en cada paso de tu vida —le dijo.
El anciano juntó sus manos y comenzó a llorar.
—Pero soy pobre, estoy cansado y siento que ya no puedo más.
El hombre respondió:
—Las riquezas pasan, la juventud se va, pero la fe permanece. Cada lágrima que has derramado ha sido vista, y cada oración ha sido escuchada.
De repente, el corazón de Manuel se llenó de una paz que nunca había sentido. Sus problemas seguían allí, pero ya no le parecían tan grandes.
Aquella tarde comprendió que Dios no siempre calma la tormenta, pero sí acompaña a quienes la atraviesan.
Desde entonces, cada amanecer salía a su puerta, sonreía y repetía:
“Mientras Dios camine a mi lado, nunca caminaré solo.” 🙏✨