Miguel había perdido casi todo. La vida le había golpeado una y otra vez: primero su trabajo, luego su hogar y, finalmente, la esperanza que guardaba en su corazón. Aquella tarde, con lágrimas corriendo por sus mejillas, subió las escaleras de una antigua iglesia sosteniendo una Biblia desgastada entre sus manos.

Arrodillado frente a la gran puerta, levantó la vista al cielo y dijo:

—Señor, ya no puedo más. Si aún estás conmigo, dame una señal.

El viento sopló con fuerza y las nubes oscuras comenzaron a abrirse. En medio de una luz brillante, Miguel sintió una paz que jamás había conocido. No escuchó una voz con sus oídos, pero en su corazón resonaron unas palabras:

“No has caminado solo ni un solo día. Cada lágrima que derramaste la vi, y cada oración que hiciste la escuché.”

Miguel comenzó a llorar aún más, pero esta vez no era de tristeza, sino de alivio. Comprendió que Dios nunca lo había abandonado, incluso en los momentos más oscuros.

Desde aquel día, su situación no cambió de inmediato, pero algo dentro de él sí cambió para siempre. Recuperó la fe, la fuerza y la confianza para seguir adelante. Y cada vez que enfrentaba una nueva dificultad, recordaba aquel momento en las escaleras y repetía:

“Cuando siento que todo termina, Dios apenas está comenzando su obra.” 🙏✨

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