
Don Manuel llevaba semanas en aquella habitación de hospital. Los médicos habían hecho todo lo posible, pero cada día parecía más difícil que el anterior. Su cuerpo estaba cansado, pero su fe seguía firme.
Aquella noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas y el silencio llenaba los pasillos, Don Manuel tomó su rosario entre las manos y comenzó a orar.
—Señor, si aún tienes un propósito para mí, dame fuerzas. Y si ha llegado mi hora, llévame en paz.
Las lágrimas corrían por su rostro. Recordó a su esposa, a sus hijos y a todos los momentos que habían marcado su vida. Cerró los ojos y continuó rezando.
De repente, una luz intensa iluminó la habitación. No era la luz de las lámparas ni la de los relámpagos del exterior. Era una luz cálida, brillante y llena de paz.
Don Manuel abrió los ojos y vio una figura descendiendo entre rayos dorados. Vestía una túnica blanca y su mirada transmitía amor infinito. El miedo desapareció de inmediato.
—No temas —dijo la figura con voz suave—. He escuchado tus oraciones.
Don Manuel sintió una paz que jamás había experimentado. El dolor comenzó a desaparecer y su corazón dejó de sentirse pesado.
—¿He llegado al final de mi camino? —preguntó con voz temblorosa.
La figura sonrió.
—El final no existe para quien cree. Solo hay nuevos comienzos.
Una luz envolvió toda la habitación. Durante unos instantes, Don Manuel sintió que todos sus errores, preocupaciones y sufrimientos se alejaban como hojas llevadas por el viento.
A la mañana siguiente, las enfermeras entraron sorprendidas. Don Manuel estaba despierto, tranquilo y con una sonrisa en el rostro.
—Anoche recibí una visita —dijo.
Nadie entendió exactamente lo que había ocurrido, pero algo era evidente: donde antes había desesperación, ahora había esperanza.
Y desde aquel día, Don Manuel repetía una frase a todo el que lo visitaba:
“Cuando creas que estás solo, recuerda que la luz de Dios puede entrar incluso por las grietas más oscuras de tu vida.” ✨🙏📖