
El brillo de los focos cenitales iluminaba el imponente deportivo plateado que reposaba en el centro del salón de gala. Alrededor, un selecto grupo de invitados en trajes de noche observaba con curiosidad y desdén al joven de aspecto desaliñado que se había acercado demasiado al vehículo.
Una mujer con un deslumbrante vestido azul satinado se le acercó de inmediato, levantando su teléfono para grabarlo mientras lo encaraba con una sonrisa burlona.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella con tono incisivo mientras apuntaba con la cámara.
—Solo estoy mirando —respondió el muchacho con total tranquilidad.
—¿Mirando? ¿Sabes cuánto cuesta esto? ¿Es la primera vez que ves uno de cerca? —insistió la mujer, buscando la aprobación risueña de los asistentes.
—No exactamente —contestó él sin alterarse.
—Entonces dinos, ¿qué sabes de este coche? —lo desafió ella.
—Más de lo que imaginas.
En ese momento, un hombre con un elegante traje negro intervino tomando un micrófono, dirigiéndose tanto a la multitud como a la mujer. Con una sonrisa cómplice, detuvo el escarnio antes de que fuera demasiado tarde.
—Perfecto. Quizás usted pueda explicarle que no debería tocarlo… —empezó a decir la mujer, confiada.
—Sí, porque antes de juzgarlo, hay algo que todos deberían saber —la interrumpió el hombre con firmeza, mirando fijamente a los presentes. Él no está aquí por casualidad. Él es la razón por la que este coche está aquí esta noche.
La mujer dejó caer ligeramente el teléfono, y sus ojos se abrieron de par en par, reflejando un terror repentino al comprender la magnitud de su error.