
El ambiente en el lujoso apartamento era insostenible, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con estallar en cualquier momento. La mujer de cabello pelirrojo, con el rostro contraído por la furia y los dientes apretados, se negaba por completo a escuchar las súplicas de la joven embarazada.
—Victoria, por favor, no quiero discutir, ¡deja de fingir! —imploró la futura madre, levantando las manos en un gesto de defensa mientras retrocedía con evidente angustia.
—¡Alejate, estoy embarazada! —exclamó la joven al ver que la pelirroja se abalanzaba sobre ella con agresividad.
El forcejeo fue rápido y brutal. Victoria la empujó con fuerza desmedida, haciendo que la joven perdiera el equilibrio y cayera de golpe sobre una elegante mesa de centro de cristal, que se destrozó en mil pedazos bajo su peso. El sonido de los cristales rotos resonó en la habitación, seguido de inmediato por un grito de dolor y desesperación.
—¡Mi bebé! ¡Ayúdame, me ataco! —gemía la joven en el suelo, rodeada de vidrios y protegiendo su vientre.
En ese preciso instante, un hombre irrumpió en la estancia alarmado por el escándalo. Al ver la escena, corrió a socorrerlas con el rostro pálido por la impresión.
—¿Qué pasó? —preguntó él con voz alterada.
Victoria, cambiando de actitud de inmediato y fingiendo un pánico absoluto, cayó de rodillas junto a los restos de vidrio, señalando a la joven con acusaciones desesperadas.
—¡No! ¡Ella me empujó! ¡Está mintiendo! —gritaba Victoria, intentando culpar a la víctima de su propia agresión.
—¡Basta! ¿Quién empezó esto? —exigió saber el hombre, mirando a ambas con desconcierto y furia contenida.
Antes de que la discusión pudiera continuar o las mentiras de Victoria surtieran efecto, el hombre alzó la vista y sus ojos se fijaron en la esquina superior del techo, donde una cámara de seguridad domo con una luz roja intermitente giraba lentamente.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Victoria, palideciendo al notar el dispositivo.
El hombre esbozó una sonrisa fría y resolutiva, sabiendo que la verdad saldría a la luz sin lugar a dudas:
—Entonces no tendremos que adivinar.